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HISTORIA

 

“Hace ya unos años que me dedico casi por entero a la Astronomía. Cuando hice la maleta para estudiar esta ciencia en Madrid, deseé mil veces  (o más) que en Vitoria existiera la posibilidad de desarrollar esta afición”.  

                                                                                                
   Javier Armentia. Extraído del primer Boletín de la Sociedad Astronómica  de Álava. Julio de 1987.

                                                                                             
 Fue en 1986, tras fotografiar el paso del cometa Halley, cuando un astrofísico, Javier Armentia, un economista, Carlos Gutiérrez, y un mecánico, Miguel Elvira, unidos por su afición al estudio del Universo, deciden crear la Sociedad Astronómica de Álava ...

- Miguel, ¿dónde está el motor del horno?
La mujer de Miguel, Teresa, preguntaba por el desaparecido motor del grill de un viejo horno Balay. Miguel se había percatado de que el motorcillo rotaba y, además, tenía temporizador: ajustó entonces la piececilla, quizá así pudiera acompasarse a la velocidad sideral del giro de la bóveda celeste, al telescopio, aquietado hoy bajo una sábana en el cuarto de Iturrieta.
 Mucho antes de idear aquel invento, Miguel, el mecánico astrónomo, ya había fotografiado el paso del Cometa Halley, espiándolo desde el patio de su piso en la calle Cuchillería. Y junto al patio, el minúsculo cuartucho de arriba, donde los jueves se reunían al acabar el seminario de astrofísica de Javier Armentia, cinco mentes similares. Tras estar apenas allí una tarde, comprendo que aquella materia concentrada lentamente en amor al Universo, estallara.
Me pregunto cuántas veces subieron las lóbregas escaleras del rancio portal, para contemplar en el cielo espacios improfanables de felicidad absoluta, zampándose las tortillas, larga es esta leyenda, y el bizcocho de Teresa. Ella es la memoria: menta a la gente por sus nombres, recuerda los comienzos, todos los lugares yendo a la oscuridad de los pueblos, buscando casonas abandonadas para montar los instrumentos, siente aún el relente de las madrugadas, el frío, incluso dentro del coche, las escarchadas constelaciones del firmamento.
 Era antes, cuando no había ordenador, ni cartas celestes informatizadas, y se apañaban para hallar el camino de los astros con la uranometría.
- ¿Qué es eso? – interrogué a Javier Marañón una noche engullidos del Cosmos desbordado de estrellas, frente al halo rojizo de la pantalla.
– Esto – señaló Cartes du Ciel – pero en papel. Y para seguir una estrella desmontábamos el telescopio una y otra vez.
Husmeo en las estanterías las cajas granas de Farias y Habanos sobrepuestas en un orden cósmico intransferible, donde guarda, cada una con su rótulo mayúsculo, pulpos, transformadores para oculares electrónicos, convertidores de vídeo y adaptadores, círculos graduados, amarres de tubos y arandelas, el filtro solar Milar, buscadores, elementos de telescopio, abrazaderas; cajas de zapatos con accesorios del Meade. Martillos. Herramientas. Archivos. Carpetas. Los objetivos fotográficos invadiendo la vitrina del armario. El tubo blanco de un telescopio posado tieso en una esquina.
 La caja de vino, luego entrechocamos los vasos, bajo una montonera de libros, atlas celestes, extraños cálculos, papeles, trastos.
 Suelo sintasolado y pared de papel pintado, cuánto habló. La Astronomía, la primera filosofía,  el medio de conocimiento, nada hay más libre, viaja intacta en los haces espacio-temporales hacia el incomprensible infinito.

En esta noche espesa de junio, conciliando las miradas en la luna azulada creciente, quizá el astrofísico, el economista y el mecánico ignoren hasta dónde ha derivado aquella primigenia Sociedad Astronómica en la búsqueda del cognoscible Universo: en ella convergimos, no es suerte, ni casualidad, sino trabajo -al estirar por primera vez el pescuezo- nuestros tímidos descubrimientos del firmamento, para después aprender el nombre árabe de otra estrella echados en una manta, y, al fin, lograr desplegar un tinglado de instrumentos, cuando se calma el viento de los atardeceres, abrazados por las brumas de La Vía Láctea, distinguir el amarillo, púrpura y verde en la Gran Nebulosa, palmotear los bólidos inesperados, convertir fotones en imágenes, seguir los asteroides desde J 44 y, ante los Eclipses, en la oscura plenitud de una noche a mediodía, vociferar estremecidos de magia.

 

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